"Todo lo que respire alabe a Jehová" Salmos 150:6

Al atravesar por esta crisis mundial que la pandemia del COVID-19 provocó, las reacciones humanas que hemos atestiguado han sido muy variadas, desde la negación al encierro, hasta el apuro por adquirir nuevas habilidades ante la disposición de "más tiempo libre". Sin embargo, también ha quedado claro que la productividad imparable y el querer mantener una rutina estable, en condiciones de aislamiento, han disparado en muchas personas cuadros de neurosis, desorden en el sueño, irritabilidad y sentimientos de incertidumbre. Y entonces, ¿Cómo se puede combatir un cuadro de sentimientos negativos? o ¿Cómo se podrían generar estados de paz mental, distracción y diversión? Pues aquí es donde la música entra al rescate.

En este período de aislamiento, hemos visto una gran cantidad de videos en redes sociales, en donde las personas colaboran virtualmente para realizar música -cantando o tocando sus instrumentos-, permitiéndonos disfrutar de sus talentos y, a la vez, ayudándonos a comprender que aunque estamos separados físicamente, aún hay maneras de sentirnos unidos.

La música es una actividad social, se vive y disfruta a plenitud cuando la hacemos en grupo; ni siquiera el solista más consumado podría decir que no encuentra satisfacción al compartir su interpretación con las personas que lo rodean. Es así como la música, junto con otras artes, han ayudado a generar momentos terapéuticos y de recreación en estos tiempos en donde la incertidumbre se apodera de las horas del sueño y de la estabilidad en nuestras mentes. Desde finales del siglo XX, se estaba perfilando un área de estudio para estos efectos de la música: la musicoterapia; ésta abordaría los elementos musicales (armonía, melodía y ritmo) para ayudar a mejorar la comunicación, el aprendizaje y la salud mental. Pero, antes de que las academias se pusieran de acuerdo en esto, ya existía una evidencia mucho más antigua del uso de la música de forma terapéutica: la podemos encontrar en la Biblia, en la historia de David tocando el arpa para el Rey Saúl (1 de Samuel 16: 14-23). Cada vez que David tocaba para el Rey, este se sentía mejor y esa energía negativa que lo molestaba se alejaba de él.

En estos tiempos modernos, la música ya no es algo exclusivo de los reyes o de las clases privilegiadas, está al alcance de todos gracias al desarrollo tecnológico de miles de aplicaciones que nos permiten cantar, tocar, componer y compartir nuestros resultados; dándonos la capacidad de expresarnos musicalmente para beneficio propio y en grupo, gozando de manera colectiva la influencia de las artes en la salud emocional.

La situación de crisis que estamos pasando, ha demostrado que no solo estamos hechos para producir mercancías y ser absorbidos por las dinámicas laborales actuales, sino que también estamos configurados para crear, canalizando en ese acto creativo, las situaciones que se nos dificulta expresar de otra manera. Alrededor del mundo, personas encerradas en sus apartamentos invitaron a sus vecinos -desde sus ventanas- a unirse a improvisadas bandas de aficionados, cantando, tocando, aplaudiendo, generando momentos terapéuticos de gran valor para afrontar esta crisis y, a la vez, recordándonos que la música nos ha unido desde el inicio de la historia.

Así que si tienes la oportunidad de hacer algo parecido con aquellos que, desde sus casas, quieran compartir alguna experiencia musical para la alabanza a Dios, te invito a que lo hagas. También puedes encontrar otras maneras creativas de utilizar el poder de la música a través de tus redes sociales, para llevar paz y esperanza a otros. Al demostrar que podemos seguir unidos y cantando con gratitud por las bendiciones de Dios, pronunciamos un mensaje aún mayor: "No solo de pan vivirá el hombre sino de toda palabra que sale de la boca de Dios."