En los días en que acompañaba al más chico de mis nietos a la escuela, me gustaba llegar hasta la puerta. Entonces lo observaba, mientras atravesaba el patio de enfrente, hasta que se perdía entre los salones de clase.

Observaba el encuentro con sus amigos, porque enseguida comenzaban a hablar, ¡quién sabe de qué tantas cosas! Sí, esos asuntos que conforman la vida de los niños en los patios y los salones de la escuela; esos asuntos que van conformando amistades para toda la vida. Los asuntos que convierten a la comunidad escolar en una gran familia. Horace Mann, el gran reformador de la educación en los Estados Unidos de Norteamérica, dijo: “La educación, más que cualquier otro recurso de origen humano, es el gran igualador de las condiciones del hombre, el volante de la maquinaria social.” (1)

Es en los patios de juego, en los salones y los laboratorios, todos con el mismo uniforme, que la escuela abre posibilidades de desarrollo para todos.

Con la posibilidad de sobrevolar sobre los hogares de los niños, nos daríamos cuenta de las muy diversas diferencias entre ellos. De las ventajas de unos, de las desventajas de los otros; de las fortalezas de unos, de los desafíos de los otros. Pero la escuela abre las oportunidades y los maestros se introducen en el campo de la educación para ofrecer un ambiente de nuevas oportunidades para el desarrollo.

Todos recordamos a compañeritos en la primaria y a jóvenes amigos en los niveles superiores que procedían de hogares muy limitados, pero que con las oportunidades que brindaba la escuela para su educación, se abrieron paso y ahora son grandes y prósperos profesionales.

“Cada ser humano, creado a la imagen de Dios, está dotado de una facultad semejante a la del Creador: la individualidad, la facultad de pensar y hacer. Los hombres en quienes se desarrolla esta facultad son los que llevan responsabilidades, los que dirigen empresas, los que influyen sobre el carácter. La obra de la verdadera educación consiste en desarrollar esta facultad, en educar a los jóvenes para que sean pensadores, y no meros reflectores de los pensamientos de otros hombres. En vez de restringir su estudio a lo que los hombres han dicho o escrito, los estudiantes deben ser dirigidos a las fuentes de la verdad, a los vastos campos abiertos a la investigación en la naturaleza y en la revelación. Contemplen las grandes realidades del deber y del destino, y la mente se expandirá y robustecerá. En vez de jóvenes educados, pero débiles, las instituciones del saber debieran producir hombres fuertes para pensar y obrar, hombres que sean amos y no esclavos de las circunstancias, hombres que posean amplitud de mente, claridad de pensamiento y valor para defender sus convicciones.” (2)

La educación ofrece la posibilidad de una verdadera alianza para el desarrollo, entre el hogar y la escuela. También están los compromisos de los gobiernos, pues la educación -como un bien social- ha sido llevada a nivel constitucional en todos los países. Pero no hay duda que los maestros juegan el papel más importante para abrir las oportunidades de desarrollo ilimitado en la educación de los niños y los jóvenes.



Referencias:

(1) James Bowen. Historia de la Educación Occidental. Tomo III, el Occidente Moderno. Barcelona, España: Editorial Herder, 1992. Pág. 456.

(2) Elena G. de White, La Educación. Buenos Aires, Argentina: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1974. Pág. 15