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Ejercer el derecho con justicia, misericordia y fe

En un mundo donde la justicia a menudo parece distante, los abogados cristianos tienen el llamado de ejercer su profesión con integridad, compasión y dependencia de Dios.

Fotografía por: Universidad de Montemorelos / Ingrid Gallardo.
Fotografía por: Universidad de Montemorelos / Ingrid Gallardo.

El Día Internacional del Abogado es una oportunidad para reflexionar sobre el noble ejercicio de nuestra profesión y el impacto que tiene en la sociedad. La abogacía, una de las profesiones más antiguas del mundo, ha sido clave en la construcción de civilizaciones y en la consolidación de los derechos humanos. Desde los primeros códigos legales en Mesopotamia hasta los sistemas jurídicos modernos, el abogado ha sido un agente de cambio, defensor de la justicia y mediador en los conflictos humanos.

Sin embargo, en un mundo donde las palabras “justicia” y “legalidad” a menudo parecen perder significado, los abogados cristianos enfrentamos un llamado aún mayor: ser instrumentos de Dios para promover la justicia, la equidad y la misericordia.

En Miqueas 6:8, encontramos una guía clara para nuestra práctica profesional:

“Oh hombre, Él te ha declarado lo que es bueno, ¿y qué pide Jehová de ti? Solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (RVR 1960).

Este versículo no sólo define la esencia del servicio cristiano, sino que también nos recuerda que el ejercicio del derecho no puede separarse de la ética y la compasión. Pero ¿cómo podemos aplicar estos principios en nuestro día a día como abogados?

Hacer justicia con valentía

La justicia va más allá del cumplimiento de normas jurídicas; implica defender a quienes han sido vulnerados, resistir la corrupción y buscar soluciones que reflejen los principios eternos de la ley divina. Cada caso, cada asesoría, cada negociación es una oportunidad para ser luz en el mundo y reflejar el carácter de Cristo.

Amar con misericordia

Detrás de cada conflicto legal hay personas con heridas, temores y esperanzas. La abogacía no debe ser un ejercicio frío y técnico, sino un ministerio de reconciliación y restauración. Jesús nos recuerda:

“Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia” (Mateo 5:7).

Ejercer la misericordia no significa ceder ante la injusticia, sino practicar la empatía y buscar soluciones que restauren la dignidad humana.

Humillarse ante Dios

Por más brillante que sea nuestro conocimiento, sin la guía del Espíritu Santo, carece de verdadero poder transformador. Enfrentar dilemas éticos y casos complejos requiere más que habilidad legal; exige dependencia de la sabiduría divina. Como abogados, somos responsables no sólo ante los tribunales terrenales, sino también ante el Juez Supremo del universo.

Que este día sea una oportunidad para agradecer a Dios por el privilegio de servirle a través del derecho. Pidámosle sabiduría para ejercer con integridad, compasión y justicia. Sigamos el ejemplo de Cristo, nuestro defensor supremo, y permitamos que nuestra vida profesional sea un testimonio vivo de su amor y verdad en este mundo.

Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.

José Estrada

Autor
José Estrada, docente en la Carrera de Derecho de la UniMontemorelos
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