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Entre la adversidad y la promesa divina

La historia de Agar, una historia que demuestra que Dios está junto a las madres que sufren.

Imagen de JetstreamStock.
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Toda madre que teme a Dios debe saber que Él sabe de su sufrimiento, cualquiera que este sea, y que está dispuesto a hacer algo al respecto. Más allá de los errores que ella u otros cometan, más allá de las circunstancias, Dios ve su necesidad y quiere aliviarla. 

Hay quienes llegan a ser madres por elección, otras en contra de su voluntad. De cualquier manera, una vez concebida la criatura, se desarrolla un vínculo muy fuerte como pocos se pueden experimentar en la vida. La Biblia registra la historia de una mujer que llegó a ser madre sin quererlo, ya que se vio envuelta en una crisis de fe de sus amos, Abraham y Sara.

Abraham había recibido la promesa de parte de Dios de que tendría una numerosa descendencia (Gn 12:3), pero él y su mujer estaban envejeciendo y nada pasaba. Fue entonces que Sara diseñó un plan que era común en aquellas tierras y en aquel tiempo: usarían a su esclava egipcia como comodín. Según la tradición, una esclava podía ser usada por su amo para procrear, y al tener el hijo, este se contaría como hijo de la señora de la casa (Gn 16:1-3). 

Así, Agar quedó embarazada de un hombre que no la amaba, sino que simplemente la usó como el medio para cumplir un fin. Sin embargo, el hecho de ser madre la entusiasmó. Su excesiva alegría por el embarazo le llevó a actuar un poco engreída y su ama no pasó por alto ese hecho. Lo interpretó como una grave ofensa y se quejó con su marido. El ambiente se volvió hostil en la casa, pues Sara tomó venganza y comenzó a tratar mal a su esclava.

La situación eran tan intolerable, que Agar decidió huir. Entonces se encontraba sin hogar, sin futuro, sin esperanza y con un hijo en su vientre. Desvalorizada, maltratada, abusada y sola, lejos de su tierra natal, no tenía muchas opciones. Una historia que puede ser muy parecida a la de muchas madres alrededor del mundo. Madres que llegaron a serlo en contra de su voluntad. Madres que de pronto se encuentran sin trabajo, quizá como migrantes en algún país lejano, solas y despreciadas; sin futuro para ellas ni para sus hijos. 

Dios salió en busca de Agar, la encontró junto a una fuente de agua en medio del desierto y allí le habló al corazón. Le hizo saber que no estaba sola, que su dolor no era ignorado y que había decidido hacer algo al respecto. Le prometió que su hijo nacería bien y viviría lo suficiente para fundar una nación. El muchacho se llamaría Ismael, que significa “Dios oye” (Gn 16:7-11), y de esa manera, cada vez que llamara a su hijo recordaría aquel bendito día cuando Dios oyó su aflicción, salió a buscarla y le dio su bendición.

Instruida por Dios, Agar regresó a casa de sus amos. Hicieron las paces y trataron de vivir juntos de la mejor manera. El niño nació en perfectas condiciones y creció sano y fuerte. Pasado el tiempo, cuando Ismael tenía catorce años, finalmente Sara pudo tener su propio bebé. Hubo mucha alegría en la casa, pues se trataba de un auténtico milagro: ¡el padre del niño estaba en sus cien años! Dios había cumplido finalmente su promesa. 

Sin embargo, a medida que el pequeño Isaac crecía, las cosas empezaron a ponerse mal. Mal para Agar y su hijo, pues se encontraban en desventaja. Ismael en plena adolescencia, se burlaba de vez en cuando de su medio hermano, ocasionando que Sara se ofendiera (Gn 21:8-11). De ninguna manera iba a permitir que su propio hijo fuese objeto de burla de nadie, mucho menos del hijo de una esclava. 

Una vez más, Agar salió perdedora. Su amo, padre de su hijo, la echó de la casa con pan y agua y un hijo adolescente que no entendía lo que estaba pasando. Otra vez el futuro se veía oscuro para ambos. Vagaron por el desierto desorientados hasta que las provisiones se terminaron. Era una situación crítica, y agotados, desamparados, y quebrantados, sintiendo que no podía más, Ismael rompió en llanto. Su madre con el corazón desgarrado, se distanció para evitar la triste escena de verlo morir (Gn 21:12-16).

Fue entonces cuando el Dios que oye, el Dios que ve, apareció de nuevo. Le dijo que no tenía que temer; todo estaba bajo su control. El sufrimiento de su hijo no era ignorado por Dios. “No temas; porque Dios ha oído la voz del muchacho en donde está” (Gn 21: 17).

Resulta conmovedor imaginarnos a Dios consolando a esta pobre madre desesperada. “¿Qué te pasa?” le dijo. Casi podemos imaginarlo inclinado pasando la mano sobre la cabeza de la mujer; con ternura y amor. “No tengas miedo, todo va a estar bien; yo me haré cargo de tu hijo.” ¡Qué clase de apoyo para una madre en necesidad! La felicidad de una madre, es la felicidad de sus hijos; su seguridad, su progreso. No hay nada más importante para ella. Dios lo sabe; por eso le asegura que el muchacho estará bien. Además de consolarla, le da instrucciones: “Levántate, alza al muchacho y sostenlo con tu mano” (21:18). Toda madre quiere ver triunfar a sus hijos, pero esto va a implicar también un esfuerzo importante de parte de ella, más aún si es madre sola, sin un esposo a su lado. 

De pronto, Agar levantó la vista y vio una fuente de agua. “Dios le abrió los ojos” (21: 19). Una vez más, Él estaba proveyendo para sus necesidades. 

Finalmente, el relato termina diciendo que “Dios estaba con el muchacho y creció” (21:20). Los árabes del mundo se reconocen como descendientes de Ismael. Toda una etnia de conocido prestigio, que ha aportado tanto para la humanidad. Dios cumplió su promesa hecha a una madre sola y desesperada. Que grato es saber que Dios cuida de las madres del mundo; especialmente a aquellas que se refugian en Él para obtener ayuda, dirección y sabiduría en su delicada labor. 

Editoras: Laura Marrero y Brenda Cerón.

Iván Marrero

Autor
Pastor y conferencista.
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