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Qué dice Salmos 43 sobre el juicio de Dios y la justicia

Una guía para enfrentar el juicio constante y encontrar descanso en la misericordia divina.

Fotografía de Envato.
Fotografía de Envato.

La crueldad de este mundo no solo se observa, se siente. Se puede palpar en casi todos los escenarios a los cuales estamos expuestos. El egoísmo, el orgullo, la envidia y la autosuficiencia están a la orden del día. ¿Cómo sobrevivir a esto?

Una de las formas más visibles de esta realidad es cómo nos tratamos unos a otros.

Lo que el salmista propone en Salmos 43 es fijar nuestros ojos en Dios. Y el apóstol Pablo nos aconseja:

“Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, despojémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante, puestos los ojos en Jesús, el autor y consumador de la fe, el cual por el gozo puesto delante de él sufrió la cruz, menospreciando el oprobio, y se sentó a la diestra del trono de Dios.” (Hebreos 12:1–2)

Es algo verdaderamente asombroso la facilidad con que nos juzgamos unos a otros. Por alguna razón siniestra, hallamos consuelo en las equivocaciones de otros. Nos gusta comunicar las fallas ajenas y, en muchos casos, agregamos información que ni siquiera está verificada. Por esto, el salmista dice:

“Júzgame, Dios, y defiende mi causa; líbrame de gente impía y del hombre engañador e inicuo.” (Salmos 43:1)

¿Por qué tenemos miedo del juicio humano, pero deberíamos encontrar consuelo en el juicio de Dios? Muy sencillo… El juicio de Dios está lleno de misericordia, un elemento esencial que no se encuentra en el juicio humano.

Dios nos da un faro que seguir: “Envía tu luz y tu verdad; estas me guiarán, me conducirán a tu santo monte y a tus moradas.” (Salmos 43:3). Pero lo más maravilloso es que, cuando quedamos cortos siguiendo “la Luz y la Verdad”, Cristo suple lo que nos falta. Por eso, el juicio de Dios son buenas noticias, porque Él es el juez, pero también nuestro abogado defensor.

Cuando el mundo nos señale nuestros errores, nosotros podemos apuntar, con confianza, a nuestro Dios, quien nos vindica.

“¿Por qué te abates, alma mía, y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios, porque aún he de alabarlo, ¡salvación mía y Dios mío!” (Salmos 43:5)

Editora: Laura Marrero y Brenda Cerón.

Oscar Castillo

Autor
Director de coros, maestro en la Escuela de Música y desarrollador de negocios en ProMusic de la Universidad de Montemorelos.
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