¿Podemos estar ocupados para Dios y alejados de Jesús?
El mensaje de Cristo a la Iglesia de Laodicea en Apocalipsis 3, nos invita a examinar si nuestras prácticas espirituales fortalecen nuestra comunión con Dios o simplemente nos mantienen ocupados.
Eso es lo incómodo de Apocalipsis 3:20:
“Yo estoy a la puerta y llamo; si alguno oye mi voz y abre la puerta, entraré a él, cenaré con él y él conmigo”.
La imagen de Jesús llamando a una puerta suele utilizarse como una invitación para quien todavía no lo conoce. Sin embargo, estas palabras fueron dirigidas a la iglesia de Laodicea: una comunidad religiosa, activa y convencida de que no necesitaba nada. El problema no era que hubiera abandonado toda práctica espiritual. El problema era que podía continuar funcionando sin notar que Jesús ya no ocupaba el centro.
Y esa posibilidad también debería inquietarnos.
Podemos acostumbrarnos tanto a hablar de Dios que dejamos de hablar con Él. Podemos preparar mensajes sin permitir que su Palabra nos examine, servir sin preguntarle hacia dónde quiere guiarnos y defender nuestras convicciones sin detenernos a escuchar su voz.
Jesús no derriba la puerta. Llama.
El libro El Deseado de todas las gentes presenta constantemente a un Cristo que invita, enseña y transforma, pero no impone su presencia. Se acerca a las personas y les ofrece una vida diferente; aun así, permite que cada una responda. Su llamado requiere una decisión personal.
Detente
No es fácil escuchar cuando vivimos rodeados de ruido. Hay pendientes, mensajes, reuniones, contenido, preocupaciones y conversaciones que ocupan nuestra atención. Incluso las actividades religiosas pueden convertirse en ruido si las realizamos sin reservar un espacio para encontrarnos con Cristo.
Detenernos implica reconocer que estar ocupados para Dios no siempre significa estar cerca de Dios.
¿Cuándo fue la última vez que abriste la Biblia sin la urgencia de preparar algo para alguien más? ¿Cuándo oraste sin presentar primero una lista de peticiones? ¿Cuándo permitiste que el silencio revelara lo que has evitado reconocer?
Escucha
Jesús dice: “Si alguno oye mi voz”. Antes de abrir la puerta, necesitamos reconocer quién está llamando.
Escuchar a Cristo significa acercarnos a su Palabra con disposición para obedecer, incluso cuando contradiga nuestros planes. Significa permitirle señalar el orgullo que justificamos, la herida que no queremos entregar, la relación que debemos reparar o la decisión que hemos postergado.
No escuchamos únicamente para sentir consuelo. Escuchamos para responder.
Abre
La puerta no se abre con una emoción momentánea. Se abre cuando damos acceso a Cristo a aquello que hemos intentado controlar solos.
Abrir puede significar pedir perdón, abandonar un hábito, retomar la oración, reconciliarnos con alguien o aceptar que necesitamos ayuda. Para cada persona será diferente, pero siempre requiere una acción.
Jesús no pide entrar como visitante. Quiere sentarse a la mesa, compartir nuestra vida y transformar desde adentro la manera en que pensamos, decidimos y tratamos a los demás.
Tal vez hemos hablado mucho acerca de Él. Tal vez incluso otros nos reconocen como creyentes. Pero la pregunta de Apocalipsis 3:20 no es cuánto sabemos ni cuánto hacemos.
La pregunta es más personal: ¿Jesús sigue llamando mientras nosotros continuamos ocupados?
Hoy podemos detenernos, escuchar y abrir. Porque antes de hablar de Cristo, necesitamos permitir que Cristo hable y actúe en nosotros.
Reportera de campo: Lisandra Vicente, editora: Brenda Cerón.






