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IA: ¿herramienta o muleta? Cómo pensar mejor en la era digital (Parte 1)

Qué perdemos y qué ganamos cuando delegamos el pensamiento.

Fotografía de Envato.
Fotografía de Envato.

Cuando aparecieron las calculadoras, el temor era que los estudiantes olvidaran sumar. Y en parte ocurrió: perdimos destreza aritmética, pero ganamos velocidad para problemas complejos. Con la IA, la pregunta no es si es 'buena o mala', sino: ¿qué estamos perdiendo esta vez que sí nos debería importar?

Con la IA generativa (ChatGPT, Copilot y compañía), esta pregunta ya no es opcional. Es urgente, sobre todo en una universidad, preguntarse hasta qué punto delegar es progreso… y cuándo empieza a convertirse en una dependencia que nos deja menos capaces de sostener pensamiento complejo.

 

Del “Efecto Google” a la mente extendida

En 2011, la psicóloga Betsy Sparrow y su equipo publicaron un estudio que se volvió famoso como el “Efecto Google”. Encontraron que, cuando sabemos que la información estará disponible en una computadora o en internet, tendemos a recordar mejor dónde buscarla que el contenido mismo (Sparrow, Liu y Wegner, 2011).

Esto forma parte de un fenómeno más amplio conocido como descarga cognitiva (“cognitive offloading”): delegar funciones mentales —memoria, pasos lógicos, decisiones— en herramientas externas (Risko y Gilbert, 2016). Y esto no es nuevo ni es pereza. Lo hemos hecho toda la vida con la escritura, con los libros, con las agendas, con los mapas y más.

El problema no es delegar. El cerebro lo necesita a veces cuando está agotado, ansioso o saturado. El verdadero riesgo aparece cuando delegamos la parte equivocada del proceso mental.

Fotografía de Envato.
Fotografía de Envato.

La diferencia clave es esta: hay tareas mecánicas que sí conviene delegar a la IA porque te liberan tiempo y energía. Pero cuando empezamos a delegar lo que requiere criterio, juicio y verdadero entendimiento, dejamos de entrenar justo las capacidades que más necesitamos. Es en ese momento cuando la IA deja de ser herramienta y empieza a convertirse en muleta.

Cuando pedimos a la IA que nos explique un concepto y luego lo copiamos casi tal cual en un trabajo, no estamos “ahorrando tiempo”: estamos dejando que otro piense por nosotros.

 

La frontera irregular de la IA: cuando ayuda y cuando estorba

Investigaciones recientes de Harvard Business School describen la 'Frontera Irregular' de la IA: en tareas mecánicas y definidas, la IA dispara la calidad y velocidad. Pero en tareas ambiguas que requieren criterio profundo, quienes confían ciegamente en ella producen peores resultados. La línea entre ayuda y error no es recta; es irregular, cambiante y castiga la falta de criterio propio (Dell’Acqua, Kahn, Lane, Lakhani y Reitter, 2023).

Por eso, la pregunta inteligente para un universitario no es “¿debería usar IA o no?”. La pregunta realmente útil es: “¿Sé distinguir en qué tareas la IA me impulsa… y en cuáles debilita mi comprensión?”

Esa capacidad de discernimiento —una verdadera alfabetización en IA— será esencial en nuestras profesiones.

 

GPS, mapas mentales y sedación cognitiva

Ahora pensemos en algo cotidiano: el GPS.

Si tus primeros viajes siempre dependieron de una app, probablemente no desarrollaste un mapa mental de tu ciudad. Llegas al destino, sí, pero basta que falle por un momento la señal satelital para sentirse desorientado. Hace poco me pasó viajando con mi esposa: nunca habíamos ido a ese lugar y, confiando en la app, no revisé la ruta con anticipación. Cuando la señal se perdió por unos minutos, quedé sin referencias. Afortunadamente no fue un gran problema, pero sí un recordatorio incómodo de lo que ocurre cuando delegamos más de la cuenta.

La ciencia apunta en la misma dirección. Estudios recientes muestran que el uso intensivo de navegación asistida se asocia con menor comprensión del entorno y con alteraciones en los procesos de memoria espacial. Dahmani y Bohbot (2020) lo documentaron con claridad en personas que usan con frecuencia GPS para orientarse.

En sencillo: si siempre seguimos instrucciones, dejamos de construir el mapa interno.

Con la IA pasa lo mismo, pero en lo intelectual. Si cada duda, tarea o explicación la resolvemos consultando un chatbot antes de pensar, nuestro mapa mental del conocimiento se empobrece. Sabemos llegar a la respuesta, pero no entendemos el camino.

Fotografía de Envato.
Fotografía de Envato.

A eso podemos llamarle sedación cognitiva: la mente se acostumbra a no esforzarse porque “siempre hay un atajo automático”. El problema no es usar un analgésico de vez en cuando; el riesgo es acostumbrarse a vivir anestesiado intelectualmente.

En educación, estas dinámicas tienen un costo adicional: si todo lo resolvemos con IA, dejamos de entrenar habilidades que solo se forman atravesando la dificultad. Sin esfuerzo real no desarrollamos tolerancia a la frustración, no fortalecemos la memoria de trabajo y no cultivamos la atención sostenida, que es el músculo central del pensamiento profundo. Y cuando esas capacidades se debilitan, la tecnología no solo resuelve tareas; empieza a moldear la calidad misma de nuestra mente.

 

El Oráculo de Delfos y la inversión del orden

Los griegos tenían una figura útil para entender esto: el Oráculo de Delfos. Para muchas decisiones, consultar a Delfos era parte de un proceso más amplio: decidir ir, esperar, interpretar y luego debatir la respuesta. En Atenas, por ejemplo, la palabra del oráculo sobre la amenaza persa volvió a discutirse en la ciudad antes de actuar (Flower, 2008; Open University, 2014).

El oráculo no sustituía el pensamiento. Lo provocaba.

Hoy, sin embargo, hemos invertido el orden. En vez de:

Pensar → Consultar → Revisar,

hemos adoptado:

Consultar → Copiar → Seguir con otra cosa.

Si consultamos a la IA antes de intentar comprender por nuestra cuenta, ya no tratamos la herramienta como herramienta, sino como oráculo. Y cuando confundimos oráculo con maestro, dejamos de desarrollar justo lo que la educación busca: la capacidad de pensar por nosotros mismos.

 

Para pensar antes del siguiente clic

La IA —como antes la calculadora, el GPS o incluso el libro— amplía lo que podemos hacer, pero también redefine cómo pensamos. El riesgo no está en usarla, sino en no notar qué parte del proceso mental estamos entregando.

Cuando dejamos que un sistema nos indique siempre por dónde ir —en la ciudad o en las ideas— nuestro mapa interno se debilita. Y cuando preguntamos a la máquina antes de intentar razonar por cuenta propia, la herramienta empieza a funcionar como un oráculo… y nosotros corremos el riesgo de avanzar con el pensamiento adormecido.

Antes de abrir un chatbot, conviene hacerse tres preguntas sencillas:

  • ¿Lo que quiero pedirle a la IA es ejecución… o comprensión?
  • Si mañana desapareciera esta herramienta, ¿seguiría pudiendo orientarme en este tema?
  • ¿La estoy usando como apoyo puntual… o como una forma de evitar el esfuerzo de pensar?

La tecnología seguirá avanzando. Lo decisivo —especialmente en una universidad cristiana— es recordar que fuimos creados para pensar, discernir y decidir. La IA puede acompañar ese camino; lo que no puede, ni debe, es recorrerlo en nuestro lugar.


En la elaboración de este artículo se utilizaron herramientas de Inteligencia Artificial Generativa (LLMs) exclusivamente para fines de corrección de estilo, mejora de estructura y fluidez lectora. La concepción de las ideas, la argumentación central, la selección de fuentes bibliográficas y la redacción principal son autoría intelectual humana de Daniel Gutiérrez Colorado. Todo el contenido generado por las herramientas fue verificado y validado por el autor para asegurar su precisión y coherencia ética.

Para escribir este blog, el autor consultó las siguientes fuentes:

 Si deseas más información sobre el tema, puedes escribir al siguiente correo: daniel.gutierrez@um.edu.mx

Daniel Gutiérrez

Autor
Director y docente en la Facultad de Ingeniería y Tecnología de la Universidad de Montemorelos.
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